Los Laboratorios de Innovación Social en las ciudades.

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El viernes pasado me invitaron a dar una charla en el marco de la reunión de MercoCiudades, y la Cátedra de Pensamiento Latinoamericano José Artigas, en la ciudad de Tandil. Con el título de “Aportes para la integración regional”, se tomaron casos de buenas prácticas en diversas áreas de la administración pública, con la presencia de intendentes, concejales y referentes de la región, un lindo punto de encuentro.

En el panel sobre “Innovación social, el rol de las ciudades” decidí comentar algunas pocas líneas de un órgano de interfase nuevo que comienza a verse en cada vez más ciudades: los Laboratorios de Innovación Ciudadana. Innovación es una  palabra de moda, un poco mágica. Refiere a cambios. Desde el punto de vista económico y tecnológico una innovación es un producto o servicio nuevo que es aceptado por el mercado. Es decir, sin mercado no hay innovación, queda en idea o en invento. Su utilización para otros campos de acción, como la política o la sociedad no impiden que también se deba medir el grado de aceptación de una nueva idea o proyecto. Desde ahí comenzamos a referirnos a innovación ciudadana.

La idea de ecosistema también la tomamos del pensamiento económico y de la economía de la innovación. La anteponemos a la idea de sistema. En un sistema conocemos a todos los actores que intervienen y éste tiene un marco de previsibilidad. Existe interrelación y esta interacción genera resultados. Con la metáfora biológica de ecosistema nos referimos a cierta incertidumbre, cierto caos, que a diferencia de la granja o el sistema, se presenta desordenadamente. Hay variables y comportamientos que no se explican y que son impredecibles. El ecosistema debe cuidarse, debe ser sustentable y sostenible. La innovación social ocurre en un ecosistema conformado por diversos actores: gobiernos, ONGs, emprendedores, organizaciones sociales, ciudadanos, pero también una cultura, una historia, una ideología.

La innovación social o ciudadana tiene que ver con la planificación a largo plazo y un estado “beta colectivo”, de constante prueba y ajuste. En este caso, con innovación social no me refiero a la innovación de una empresa, de un emprendedor o de un micro-emprendedor. Tiene que ver con la identificación de necesidades y soluciones dentro de una comunidad, aportando soluciones creativas, sostenibles y perdurables en el tiempo. Se parte de la base de que la endogamia de las organizaciones esteriliza la creatividad. Hay que abrir las puertas, combinar maneras de resolver y de entender. Las grandes ideas muchas veces surgen a partir de la interacción de equipos de organizaciones diversas, talentos individuales que se conectan para producir en conjunto. Esto viene del paradigma de la innovación abierta.

En la innovación abierta, la velocidad del cambio tecnológico, con ciclos de vida de productos y servicios cada vez más cortos, obliga a buscar respuesta y soluciones por afuera de la organización. Se rompe la lógica del embudo, de una visión lineal de la organización. La innovación tradicional suele ser representada mediante un embudo, donde por un extremo se introducen ideas y tecnologías existentes en la organización y por el otro extremo sale el producto o servicio final que será ofrecido al usuario. Un sistema lineal que requiere de la selección de las mejores ideas, desarrollo y validación de prototipos que llevarán al resultado deseado. En este modelo, introduciendo más y mejores ideas por un extremo del embudo, deberían obtenerse mejores productos.   La capacidad de generación de productos y/o servicios exitosos está limitada a la capacidad de generación de ideas exitosa. En el modelo abierto, las ideas pueden venir de otras organizaciones, buscando la respuesta a un producto puedo lograr otro que no imaginaba, puedo combinar técncias de otras disciplinas, etc. Un queso gruyere, las ideas también vienen del exterior.

Sigo con atención el surgimiento de los laboratorios, sobre todo en ciudades grandes. Se da una tercera relación de la administración pública con el conocimiento. Al intelectual, desde una postura ética, y al técnico desde su lógica instrumental, se plantea la colaboración, el estado invita a pensar los problemas. Hay algo de la ética hacker también en todo esto, la idea de que muchas mentes piensan más que una. Hay que abrir los códigos de la administración, poder tocarlos, mejorarlos y reutilizarlos. Estamos hablando de una nueva herramienta de política pública: así como aparecieron incubadoras y programas de emprendedores en los últimos diez años. Ahora comienzan a aparecer Laboratorios de Innovación Social  para pensar los problemas de la ciudad. Espacios de intercambio e interacción. El Estado convoca pero no es el único que hace. México DF, Medellín, Buenos Aires y Minas Gerais son los casos que sigo con atención. Sus funciones van desde la organización de eventos, invitación a expertos especialistas nacionales e internacionales, como punto de encuentro de gobiernos, ONGs, empresas, ciudadanos, etc.

Algunos ejemplos:

  • Prototipado de necesidades de los jóvenes.
  • Hackatones para el desarrollo de aplicaciones ciudadanas.
  • Mejora de programas públicos.
  • Desarrollo de startups cívicas, que utiliza datos del gobierno en sus productos.

La pregunta que quise plantear en este foro fue si esta nueva forma de intervención tiene sentido en ciudades más chicas, donde no hay grandes núcleos urbanos, existen restricciones presupuestarias y los problemas suelen ser diferentes. Y para mí el gajo más jugoso de esta innovación está en el rol que el propio estado se asigna, como facilitador, empujando a que las cosas sucedan, sirviendo bien la mesa a una relación que ya se da de hecho: organizaciones y ciudadanos comprometiéndose con las facetas más prácticas de lo público. Una buena puerta de entrada a esta lógica son los rally de innovación, tan mencionados en este blog. 24 HORAS y FINDEMO que organizamos en Sudamérica junto con P-LAB marcaron un camino de experiencias vivenciales en torno a la innovación pública. Intervenciones cortas pero que más que un evento desarrollan una verdadera comunidad, perfectamente asumible para ciudades más chicas.  Para ser innovador no alcanza con tener ideas: también se necesita que esas ideas atraviesen procesos rigurosos de prueba y a esto puede darle respuesta una comunidad de innovación ciudadana. Los rally de innovación tienen mucho que aportar a esta punto de encuentro para la co-creación ciudadana.

Muchas gracias Jorge Cuello de la Cátedra José Artigas por la invitación.

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