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Inmigrantes, innovación y emprendedores tecnológicos

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A esta altura del partido estamos todos de acuerdo en repetir que cualquier país que busque el desarrollo deberá hacer punta en la innovación y el emprendimiento. Que las empresas y los emprendedores ya no compiten por sí solos sino a partir del entorno socio-productivo del que forman parte: en donde la cultura local, los modelos positivos y las interacciones entre los actores (empresas-instituciones del conocimiento- Estado-ciudadanía) cumplen un papel fundamental para construir conocimiento y agregar valor. También solemos estar de acuerdo en que el acceso al conocimiento no es homogéneo y que explica gran parte de las desigualdades, definiendo además la integración en los mercados internacionales y la nueva división del trabajo. En la globalización hay ciudades y estados que ganan y otros que pierden, en función de sus recursos humanos, sus recursos naturales  y su inclusión en la internacionalización, no  tanto por un Norte/Sur definido de antemano.

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Argentina necesita emprendedores

La capacidad de un país de crear nuevas empresas ya está siendo considerada un indicador importante del desarrollo económico. Aunque se discuta si éstas originan el desarrollo o si en realidad nacen cuando la economía crece, está claro que las pequeñas empresas de nueva creación son uno de los actores más importantes en la generación de empleo. En un escenario económico de constante crecimiento a tasas considerables, la falta de vocación por fomentar la cultura emprendedora es una enorme pérdida de oportunidad para la Argentina.

Basta imaginar un escenario de discusión de retenciones, para poner un ejemplo, que con vocación emprendedora no se discuta solamente la cuestión fiscal sino también qué posibilidades le podemos brindar a los jóvenes rurales de poder participar activamente de ese enorme crecimiento, alentando la creación de empresas prestadoras de servicios a las cadenas de valor o de tecnología de punta, lo que evitaría la migración a las ciudades como única opción de vida, aumentando la trama productiva de los agronegocios. Con esa recaudación se podrían financiar emprendedores, desarrollando una economía regional más sustentable, más completa que la agricultura sin agricultores. Pensemos en un escenario de localización de una gran empresa en nuestro país, donde se suele poner en marcha una competencia desleal entre provincias en cuanto a incentivos fiscales, con el objetivo de crear empleo inmediato, muchas veces sin tener en cuenta la calidad de los mismos y perdiendo la cuenta si termina siendo rentable la inversión realizada por el Estado; imaginémonos una negociación con esa empresa donde también se tenga en cuenta la posibilidad de incubar proveedores. Jóvenes emprendedores de ese territorio, que podrán generar empleo genuino y que difícilmente se irán de su tierra. O simplemente, la posibilidad de una persona que a partir de una idea pueda identificar una oportunidad y concretarla, generando desarrollo para su comunidad.

Nuestro país se sigue distinguiendo por la creatividad de su gente, la inventiva y la capacidad para salir adelante. Emergen industrias altamente competitivas en los escenarios internacionales como la biotecnología y el software, que ya generan una realidad palpable en cuanto a innovación y generación de puestos de trabajo. Estas capacidades requieren de una política pública planificada como ocurre en otros países del mundo, que acompañe, promueva y facilite la creación de empresas. Debemos superar las acciones solapadas, esporádicas y no planificadas que presentan las políticas actuales para impulsar un círculo virtuoso entre empresas, Estado e instituciones del conocimiento. Alcanza con el dinero que hoy se invierte desordenadamente y con impactos relativos si los canalizamos en acciones concretas y medibles, sostenidas por el saber de hacía donde vamos.
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